Hay trayectorias creativas que no se construyen de un día para otro, sino a base de curiosidad, constancia y muchas horas de trabajo. La de Yago Soria es una de ellas.
Fotógrafo y realizador audiovisual originario de Mallorca, consolidó su práctica durante su etapa en República Dominicana y encontró en el Máster en Nueva Fotografía Documental de LABASAD el impulso necesario para transformar su manera de mirar, narrar y desarrollar proyectos. Hoy combina su obra personal con diferentes encargos profesionales y ejerce como profesor del Máster en Fotografía Profesional.
Uno de los momentos más destacados de su recorrido llegó con Chasing Dragons, el proyecto que desarrolló como trabajo final de máster y con el que ganó El Gran Proyector 2025, certamen de fotografía emergente organizado por Foto Colectania. La obra parte de un viaje a China para reflexionar sobre el turismo, los clichés culturales, la mirada occidental y la transformación de los símbolos tradicionales en productos de consumo.
Sin embargo, detrás de los reconocimientos también hay dudas, autoexigencia y un proceso personal para aprender a controlar el síndrome del impostor. Vivir alejado del ecosistema fotográfico y disponer de pocas oportunidades para compartir sus inquietudes con otros creadores hizo que durante mucho tiempo le costara confiar en su propio trabajo.
En esta entrevista, Yago Soria habla de su evolución desde las aulas de LABASAD hasta su regreso como profesor, del nacimiento de Chasing Dragons y de la importancia del esfuerzo, el pensamiento crítico y la constancia para construir una voz fotográfica propia.
Fuiste estudiante de LABASAD y hoy eres docente. ¿Cómo ha sido ese recorrido y qué momentos han marcado más tu evolución como fotógrafo?
Ha sido un recorrido de mucho esfuerzo. Creo que hay un momento clave en el desarrollo de una práctica fotográfica que depende bastante de la personalidad de cada uno. En mi caso fue, sin duda, aprender a controlar el síndrome del impostor.
Vivir en República Dominicana, bastante aislado del ecosistema fotográfico y sin demasiadas oportunidades para compartir con personas con las mismas inquietudes, hacía que todo resultara más difícil. Además, siempre he tenido una personalidad muy autocrítica, así que durante mucho tiempo me costó confiar realmente en mi trabajo.
Hacer el máster cambió bastante esa situación. Poder trabajar mes a mes con fotógrafos a los que ya admiraba, recibir feedback constante y entender mejor mis fortalezas y mis carencias reforzó mucho mis capacidades. Me ayudó a construir una visión más sólida sobre mi trabajo y, sobre todo, a dejar de pensar únicamente en hacer buenas fotografías para empezar a entender cómo se construyen proyectos.
Mientras iba esforzándome y mejorando, ver que personas cuyo criterio respetaba reconocían determinadas virtudes en mi fotografía me dio ese extra de confianza que necesitaba para lanzarme. Cuando terminé el máster ya había decidido ir con todo.
Desde entonces ha sido un no parar. Durante años he tenido prácticamente dos trabajos a jornada completa: el que me permitía vivir y el que, poco a poco, convertiría —y espero que siga convirtiendo— mi pasión en mi forma de vida.
Después de mucho tiempo, muchas mentorías con Toni Amengual, mucho trabajo y algunos reconocimientos, llegué al punto en el que el equipo de LABASAD confió en mí para proponerme como profesor del Máster en Fotografía Profesional. Volver desde ese lugar ha sido una consecuencia muy bonita de todo el recorrido.
¿Qué aprendiste durante el máster que sigue influyendo en tu trabajo profesional actualmente?
Sobre todo, aprendí a dejar de pensar únicamente en fotografías individuales y a entender el proyecto como un conjunto. La edición, la secuenciación y la relación que se establece entre las imágenes y quien las mira.
También aprendí la importancia de saber explicar lo que haces. A veces los fotógrafos confiamos en que las imágenes deberían hablar por sí solas, pero en el ámbito profesional también es necesario saber presentar un proyecto, escribir sobre él y transmitir con claridad desde qué lugar estás trabajando.
Tu trabajo suele explorar la fotografía como herramienta para comprender realidades y culturas. ¿Qué te atrae de este enfoque?
Una toma de conciencia bastante reciente ha sido pensar hasta dónde me ha llevado la fotografía y darme cuenta de todo lo que le debo. De alguna manera, ha sido la intermediaria que he elegido entre el mundo y yo. Gracias a ella he encontrado una forma de relacionarme con aquello que me inquieta, me atrae o me fascina.
Siempre me ha interesado lo diferente, quizás porque entiendo que la realidad no existe como algo completamente objetivo, sino que está condicionada por la cultura, el contexto y la mirada de cada persona.
Por eso doy tanta importancia a intentar comprender de verdad otras culturas. Acercarme a ellas me ayuda a cuestionar y deconstruir la mía y, a partir de ahí, a construir una visión más amplia, compleja y madura de la vida.
¿Cómo nació Chasing Dragons y qué te enseñó este proyecto tanto a nivel profesional como personal?
Chasing Dragons nace de una necesidad y unas limitaciones bastante normales. Me voy de viaje a China con mi amigo Alberto y, al mismo tiempo, tengo que desarrollar mi TFM.
Desde el principio entiendo lo que significa enfrentarse a una cultura milenaria como la china y, por supuesto, que en un mes es imposible atravesar realmente todo lo que permanece en la superficie.
Mi primera reacción fue sentir cierto rechazo a ocupar el papel de turista. Quizás porque soy de Mallorca, donde existe un conflicto muy presente con el turismo y la masificación. Solo hay que pensar en las manifestaciones recientes contra este modelo.
Pero intentando escapar de esa condición me doy cuenta de que es imposible. Entonces decido hacer de mi enemigo mi aliado: en lugar de intentar no ser turista, convertirme en el más turista de todos.
Elijo el dragón, un símbolo ancestral, pero también uno de los grandes clichés de la mirada occidental sobre Oriente, y construyo el personaje de un turista obsesionado con encontrar dragones por todas partes.
A través de la repetición constante del símbolo, este empieza a perder su significado original y a abrirse hacia otras capas de lectura.
Ahí aparece la parte más profunda del proyecto: una reflexión autocrítica sobre mi propia mirada, pero también sobre cómo los símbolos culturales ancestrales son apropiados, simplificados y transformados en mercancía dentro de los engranajes del capitalismo y la globalización.
Ahora que acompañas a nuevos fotógrafos en su formación, ¿qué intentas transmitirles más allá de la técnica?
Intento transmitirles que la inspiración tiene que encontrarte trabajando, o que la suerte se reparte temprano. No creo demasiado en la idea del genio ni en los dones innatos. Creo en el esfuerzo, en el trabajo, en el estudio, en el pensamiento crítico y en la técnica del pico y la pala.
Así se aprende a hacer buenas fotografías, pero también a mirar y a contar historias. Y, sobre todo, ese trabajo constante acaba convirtiéndose en un camino de autoconocimiento.
Poco a poco vas delimitando el conjunto de intereses, curiosidades, obsesiones y particularidades que existen en la intersección entre tú y el mundo.
Es precisamente ahí donde empieza a construirse una voz fotográfica propia: en aquello que solo tú puedes observar de una determinada manera y en cómo decides después compartirlo con los demás.
¿Cuál es el error o bloqueo más común que observas en los estudiantes y cómo les ayudas a superarlo?
Uno de los bloqueos más frecuentes es querer tener el proyecto completamente resuelto antes de empezar. Algunos estudiantes sienten que necesitan una idea perfecta, un lenguaje visual definido y un resultado claro desde el primer momento.
Pero normalmente los proyectos se descubren mientras se hacen.
Intento ayudarles a reducir la idea inicial a una pregunta concreta y a empezar a producir imágenes cuanto antes. A partir de ahí, observamos qué está funcionando, qué caminos aparecen y qué elementos se repiten.
También les insisto en que equivocarse, descartar fotografías y cambiar de dirección no significa que el proyecto esté fallando, sino que forma parte del proceso.
En un contexto donde se generan miles de imágenes cada día, ¿qué crees que diferencia a una fotografía con verdadera intención y personalidad?
Para mí, una fotografía con verdadera intención y personalidad se sostiene sobre dos pilares esenciales.
El primero es que la imagen tenga fuerza por sí misma. Que atraiga, que despierte curiosidad y que conserve esa capacidad casi mágica que siempre ha tenido la fotografía: la sensación de estar mirando por una ventana hacia algo que no conocíamos.
Puede generar alegría, fascinación, incomodidad, miedo, enfado o incluso desconcierto, pero tiene que provocar una primera reacción emocional. Tiene que hacer que quieras seguir mirando.
El segundo pilar aparece cuando, más allá de ese primer impacto, la imagen contiene otras capas de significado. Cuando detrás hay un autor tomando decisiones, construyendo una mirada y tratando de contar una historia o transmitir una idea.
Para mí, las fotografías más interesantes son aquellas que funcionan en esos dos niveles: primero te atraen y después te obligan a pensar.
Creo que la personalidad aparece precisamente ahí, en la combinación entre lo que fotografiamos, la forma en la que decidimos mostrarlo y las preguntas que queremos dejar abiertas en quien mira.
¿Qué consejo darías a quienes sueñan con dedicarse profesionalmente a la fotografía, pero aún no se atreven a dar el paso?
Les diría que no esperen a sentirse completamente preparados, porque probablemente ese momento no llegue. Gran parte del aprendizaje sucede mientras trabajas, enseñas tus proyectos, cometes errores y empiezas a relacionarte con otras personas del sector.
También es importante entender que dedicarse profesionalmente a la fotografía no depende solo de hacer buenas imágenes. Hay que aprender a presentar el trabajo, cumplir con los compromisos, cuidar las relaciones y ser constante incluso durante los periodos en los que no llegan resultados visibles.
Es una profesión bastante incierta, por lo que conviene avanzar poco a poco, pero sin esperar a tener todas las garantías antes de comenzar.
Si pudieras escribir una breve nota al Yago que empezó el máster en LABASAD, ¿qué le dirías hoy?
Le diría que tenga paciencia, que no corra, pero que trabaje, trabaje y trabaje. Que confíe más en sí mismo y entienda que la autoexigencia puede ser una virtud, siempre que no termine convirtiéndose en un bloqueo.
También le diría que no tenga tanta prisa por demostrar nada y que confíe más en los procesos largos. Que siga fotografiando aquello que tiene cerca, aunque en ese momento todavía no sepa exactamente en qué se convertirá.
Que cuide mucho las relaciones que construye durante los proyectos y que no mida el valor de su trabajo únicamente por los reconocimientos, los premios o las publicaciones.
Muchas de las cosas importantes tardan años en tomar forma y normalmente es el tiempo, la constancia y la profundidad del vínculo con los temas lo que acaba dando verdadero valor a un proyecto.







